German Carreño Venezuela: Qué ver y hacer a las afueras de Las Vegas

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German Carreño Venezuela: Qué ver y hacer a las afueras de Las Vegas

Las Vegas, la famosa ciudad del juego y el espectáculo, es solo la antesala a un paisaje rico en naturaleza y actividades al aire libre.

El sol brilla a orillas de la ciudad del pecado. Lo hace, y retumba, porque dentro de ella no hay espacio para su reflejo. No lo hay en la mañana o al amanecer, no lo hay al mediodía ni al atardecer, que más parece un rumor, dado a que cuando en el cielo se asoma la luna, esta tampoco puede desparramarse sobre la tierra. O más bien el asfalto, los edificios, hoteles, coches y turistas, hipnotizados por los letreros, enormes, con logos, bombillas y palabras parpadeantes, que no se detienen, que invaden y consumen desde hace décadas este desierto al sur de Nevada. De esta manera lo comparte German Carreño.

Fuera de ella la tierra es roja, amarilla y los tonos que su mezcla deriva. Con figuras verdosas cubiertas por una leve y grisácea capa de polvo. Parece que el hombre nunca hubiera pisado esa tierra, pero al bajarse del bus cargado de curiosos, mientras nos alejamos del perpetuo estruendo de Las Vegas, esa exorbitante postal aparece debajo de nuestros pies, entre nuestras manos y cuerpos, que chocan con la brisa y rompen el silencio.

Atrás quedaron los atascos, torres y réplicas de algunas de las siete maravillas del mundo. También el afán, las personas, las masas, los shows y el ruido. Es como si el sur de Nevada fuera una moneda que contrapone sus caras, pues Boulder City parece repeler las banalidades. Es un lugar tranquilo, réplica de aquellos parajes residenciales que idealizan las series de ese país, en donde algunos escapan para percibir el espectáculo de su geología.

Sí, es un espectáculo, pues encima de esta tierra árida se pasea una brisa fría, que lucha contra el sol propio de un desierto, uno que pinta con luz y sombras millones de figuras paralizantes, tan naturales y vírgenes que incluso quienes habitan en la zona se sienten como extranjeros. La experiencia exige un mayor campo de visión y el hombre lo sabe, por eso instaló puntos a diferentes alturas, unidos por cables metálicos que transportan a quienes se arriesgan a movilizarse a través de ellos, a unos 10 o 15 metros del suelo.

Es la tirolesa, una palabra que se pronuncia fácil, pero que representa una actividad tan simple como liberadora. Algunos, una vez arriba, se niegan a utilizarla, pero aquellos que, armados de cascos y diferentes piezas de seguridad, deciden recorrerla, potencian aquella primera impresión que genera llegar a este poblado al sur de Las Vegas. “Aquí nunca he presenciado un accidente”, cuenta uno de los operadores de la atracción. “Los que vienen siempre quieren repetir el recorrido”.

El hombre blanco llegó a ese lugar hace menos de cien años. Sus habitantes, orgullosos e interesados en compartir la historia, mencionan que fueron trabajadores, motivados por la construcción de un enorme y revolucionario proyecto, quienes poblaron e hicieron de ese lugar una ciudad en la década de los treinta.

Se trató en ese entonces de la presa Hoover, una estructura que controla al río Colorado, uno de los más grandes en Norteamérica, y cuyo nombre conmemora a uno de los personajes más importantes durante su construcción: el expresidente Herbert Hoover. Hoy, además de cumplir con sus funciones energéticas y de prevención, es una de las atracciones más concurridas del estado, pues, debajo de los turistas, diminutos ante los 221 metros de altura y 379 de longitud, se observa el interminable azul del cuerpo de agua.

Aun así, el desierto parece no terminar. A minutos de aquel paisaje minero, en donde algunas torres se levantan de la nada para unirse por cables, aparecen buggies y vehículos side by side que saltan, rebotan, suben y bajan el desnivelado terreno que prima fuera de los centros urbanos. Hay adrenalina fuera de las ruletas, cartas y máquinas tragamonedas.

También hay contraste a orillas del río. La vegetación aparece cuando la tierra llega al agua cristalina; también los peces, bagres en este caso, moviéndose lentamente en la profundidad. Para verlos, existen expediciones en kayak, una actividad que se basa en pequeñas embarcaciones impulsadas por dos remos. Puede ser conducida por una pareja o de forma individual.

Al mediodía, cuando el sol es más fuerte y la brisa muestra sus intenciones sobre el río Colorado, la calma invade nuestros cuerpos. No hay hambre, sed o sueño. Es posible hacerse uno con la tierra, el aire, el fuego y el agua. Es posible conectarse con todo, en medio de la nada. Es posible sentir que todo esto es tan nuestro como nosotros de eso. Allí, a orillas de la ciudad del pecado, el sol brilla como una esfera perfecta dentro de un azul claro en el cielo, sobre uno más oscuro en la tierra.

 

Actividades a las afueras de Bouder City:

  • Hacer kayak en el río Colorado.
  • Usar la tirolesa en los terrenos desnivelados.
  • Conducer buggies o vehículos side by side.
  • Montar bicicleta a las afueras de la ciudad (hay recorridos para todas las edades).
  • Recorrer el Gran Cañón en helicóptero.

Con información de: El Espectador.

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